miércoles, 23 de marzo de 2011

Sobre "Elegía de Abril" de Gustavo Fontán



Gustavo Fontán volvió a ingresar en mis sentidos como con sus anteriores obras. Con esta pequeña obra, que por momentos ronda el documental y en otros una poética y dolorosa ficción, y a su vez, ambas se cruzan entre sí acariciando lo experimental, Gustavo se centra en hablar del tiempo; pero no desde la naturaleza, como lo hizo en el comienzo de esta trilogía (me refiero a El árbol), sino desde los objetos, desde personajes (ficticios y reales) sumidos en el recuerdo de viejos dolores y/o añoranzas y en una laberíntica casa que huele a antaño. Cada objeto, cada mirada, cada movimiento tiene la dejadez del tiempo como grieta. Una grieta que se talla en cada plano, en cada personaje y en cada objeto inanimado que es tomado por la minimalista mirada de Fontán. El tiempo pasa como los sigilosos pasos de un gato que habita en esta casa y que constantemente es tomado por esta vouyerista cámara. Un personaje que es nombrado tácitamente (el poeta Salvador Merlino, abuelo de Gustavo) pero que siempre esta vigilando sobre un viejo mueble. Un nuevo tesoro (digo nuevo porque en la película anteriormente nombrada, era el árbol que plantó su padre, y en esta nueva obra, es el libro Elegía de Abril del poeta Merlino) que esta acobachado en un ropero, aun cubierto con los paquetes de la imprenta. El desempolvar este tesoro desencadena la vuelta del pasado y la elegía de sus personajes. Siempre digo que el cine es la contemplación de la realidad y la poesía es una clara referente de la realidad contemplada; y Elegía de Abril es la contemplación de una autobiográfica y poética realidad.